El horror, revelado: las escuelas residenciales en Canadá y el difícil camino hacia la reconciliación

La escuela Kamloops, en 1937, tenía capacidad para albergar hasta 500 niños.

En el último mes, la verdad sobre uno de los capítulos más oscuros de la historia nacional explotó ante la sorprendida sociedad canadiense, con toda su crudeza y horror. Tumbas sin identificar con los cuerpos de casi mil niños fueron encontradas en los predios de antiguas «escuelas residenciales», que durante un siglo buscaron asimilar por la fuerza a menores indígenas en la cultura blanca. De repente, las portadas de los diarios locales e internacionales se llenaron de lo que para las comunidades nativas es, desde hace mucho tiempo, un gran secreto a voces.

El horror de las escuelas residenciales

La escuela residencial de Kamloops, una de las más grandes de Canadá.

En Canadá, las llamadas «escuelas residenciales» formaron parte de un programa liderado por el Gobierno federal, la Iglesia Católica y otras instituciones religiosas que buscó erradicar la cultura aborigen nativa e integrar forzosamente a los niños indígenas en la sociedad blanca y europea. En palabras de sus propios promotores, «civilizar a los salvajes» y «matar al indio interior» en cada niño. Si bien este discurso se asocia con atrocidades cometidas en el pasado colonial, este tipo de instituciones funcionó hasta hace muy poco tiempo: la última cerró a mediados de 1990.

Concretamente, hacia finales de junio de este año fueron encontradas 751 tumbas sin identificar en una vieja escuela de la provincia de Saskatchewan, en lo que constituyó el mayor hallazgo de este tipo en toda la historia reciente de Canadá. A ello, se suman los 251 restos hallados en mayo en una escuela similar ubicada en la provincia de British Columbia. Algunos de los cuerpos pertenecen a niños de hasta 3 años de edad, cuyos fallecimientos nunca fueron registrados formalmente por quienes dirigían los establecimientos.

Escuela Residencial Shingwauk. Foto: Reuters.

Se estima que entre 1863 y 1996, más de 150.000 niños aborígenes fueron separados de sus familias e internados en las más de 130 escuelas residenciales del país. En ellas, los abusos estaban a la orden del día. Los menores vivían en condiciones de hacinamiento, expuestos a enfermedades y con pocas medidas de higiene. Además, eran obligados a trabajar, se les prohibía hablar en su idioma y, con frecuencia, experimentaban todo tipo de violencia por parte de las autoridades, sea física, psicológica e incluso sexual.

Aunque muchos lograron sobrevivir o huyeron de las instalaciones, muchos otros murieron en soledad, principalmente a causa de enfermedades y malnutrición. En ocasiones, las familias no volvían a saber de sus hijos una vez que el Estado los arrebataba de su comunidad. Con frecuencia, quienes fallecían eran enterrados en las mismas escuelas porque resultaba «muy costoso» enviar el cuerpo de regreso a su hogar. Sí, una película de terror.

Efectos intergeneracionales

Niños indígenas en una escuela residencial canadiense, en 1950.

El impacto de estas instituciones fue tan terrible que trascendió generaciones e influyó directamente en el desarrollo y el progreso de las comunidades indígenas. «Una de las preguntas que raramente nos hacemos es cómo Canadá se benefició de las escuelas residenciales», señaló al respecto Crystal Fraser, profesora de Historia en la Universidad de Alberta y miembro de la comunidad Gwichyà Gwich’in, en The Decibel.

En primer lugar, la educación brindada por los establecimientos era sumamente deficiente. «Si lograban llegar a los 18 años de edad, al terminar su período en las escuelas residenciales los jóvenes tenían un nivel de conocimiento comparable al que un niño blanco obtenía en quinto grado», señaló Jennifer Williams en Wordly, el podcast de Vox. «Aún cuando el objetivo declarado era educar a la población indígena, la meta final fue crear mano de obra que asumiera los trabajos que los canadienses blancos de clase media y alta no querían tomar», agregó.

Como si fuera poco, la ciencia comprobó la existencia de «efectos intergeneracionales» entre las comunidades nativas del país, resultantes de los abusos y condiciones terribles a la que gran parte de los niños indígenas se vieron sometidos. «El trauma intergeneracional causado por las escuelas residenciales continúa socavando el bienestar de la actual población aborigen«, señaló un estudio publicado en 2013. Se estima que en este tipo de acontecimientos, que transmiten el estrés postraumático de generación en generación dentro de una sociedad, podrían llevar décadas para sanar completamente.

El camino hacia la reconciliación

Tras el hallazgo de cientos de restos de niños en las inmediaciones de varias escuelas, muchos se acercaron a rendirles tributo. Foto: Getty.

Pese a que muchos se vieron sorprendidos por los recientes hallazgos, la historia de las escuelas residenciales ya era conocida por el propio Estado. En 2008, las autoridades conformaron la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, abocada a investigar lo que ocurrió en esas instituciones durante más de 100 años. En 2015, un reporte emitido por el organismo comparó lo ocurrido con un «genocidio cultural» contra la población indígena.

Como resultado de los informes, el propio Gobierno de Canadá pidió disculpas en 2017. Por su parte, la Iglesia Católica – que llegó a controlar el 70% de las escuelas residenciales – aún no emitió formalmente un pedido de perdón en nombre de la institución. «Como católico, estoy decepcionado de la posición que la Iglesia adoptó durante todos estos años», afirmó al respecto el primer ministro Justin Trudeau.

A pesar de esto último, lo cierto es que la magnitud y crudeza de los hechos obligaron a Canadá a iniciar un largo proceso de reconciliación nacional, que incluye dolorosas reflexiones sobre el pasado y pone de relieve el testimonio de los más de 80.000 sobrevivientes. «No hay reconciliación sin verdad», afirmó Geraldine Lee Shingoose, que asistió a la escuela residencial de Saskatchewan, ante la BBC.

La noticia del hallazgo de cientos de cuerpo de niños indígenas causó indignación en Canadá y en el mundo. Foto: Reuters.

Inclusive, los descubrimientos del último mes llevaron a gran parte de la población a cuestionar y cancelar los festejos de «Canada Day», que se celebran todos los 1ros de julio. En su lugar, las tradicionales actividades fueron reemplazadas por jornadas de duelo y reflexión sobre lo que ocurrió hasta hace tan sólo tres décadas atrás. «Uno no organiza una fiesta en casa si tus vecinos están teniendo un funeral«, explicó la historiadora Crystal Fraser.

Lo cierto es que la tarea por delante es larga y difícil. Muchos canadienses deberán involucrarse en conversaciones incómodas sobre la historia del país y la verdadera identidad nacional, que con seguridad entrarán en contradicción con las versiones oficiales. El proceso, sin embargo, es necesario y esencial si lo que se busca es avanzar hacia la reconciliación y la sanación de heridas que permanecieron abiertas durante mucho, demasiado tiempo.

Para ampliar: «The schools that had cemeteries instead of playgrounds» (Publicado por BBC en 2015).

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